Educación canina es un término muy amplio, va mucho más allá de enseñarle al perro a cumplir un comando. Hemos de tomarnos este proceso muy en serio, pero… ¿Todo vale con tal de “enseñarle”?

Creemos que ni mucho menos. El aprendizaje del perro, su educación canina, es una fase muy importante de su proceso vital, y como todas esas fases, deberíamos disfrutarlas (tanto nosotros como el perro), no vivirlas como un calvario. Y mucho menos dar rienda suelta a la tiranía que podamos albergar en nuestro interior.

 

 

 En el mundo del perro las cosas han cambiado mucho, por fortuna. Hace 20 o 15 años, casi todo el mundo creía y predicaba que si un perro no hacía exactamente lo que los humanos queríamos, es que era dominante. Se presuponía que tenía problemas jerárquicos, que no sabía quién mandaba. Y eso, decían, era muy peligroso.

 

 

Por suerte hemos aprendido y crecido mucho en este sentido. Hemos descubierto que hay muchos problemas de conducta, no solo uno. También hemos aprendido que los perros no son máquinas infalibles, a veces no hacen lo que queremos simplemente porque no pueden, porque se les esta pidiendo algo imposible.

 

 

Actualmente sabemos que los problemas jerarquicos en los perros sí que existen, pero que son mucho menos frecuentes de lo que creíamos, y afortunadamente cada vez lo sabemos mas personas. Antes de achacar la respuesta a una simple falla de jerarquía, debemos evaluar si el entorno, las rutinas, la salud, la alimentación y nuestra propia estabilidad emocional son las adecuadas. Si no, estaremos tratando un problema que no existe y dejando de tratar el que sí se produce.

 

 

 

El concepto del respeto

 

No obstante, aún nos queda un poso de aquella arcaica idea, antaño tan difundida, de que los perros solo saben servir o ser servidos, dominan o son dominados, como si fueran señores feudales, con deberes y privilegios. Nos queda algo muy humano que no afecta solo a los perros, también a nosotros, y es la confusión que tenemos sobre el concepto del respeto.

 

 

 

Os contaré un ejemplo concreto. Hace ya algún tiempo atendí la llamada de un posible cliente, tras detener mi coche, pues iba conduciendo. Era una persona muy preocupada por la falta de jerarquía de su perro. Entre las muchas cosas que me contó que le preocupaban, mencionó que su perro no le hacía caso, y que necesitaba que el perro supiera y aceptase que el humano era el amo. Cuando terminé de atenderle y fijar fecha para conocernos, colgué el teléfono, y la persona que viajaba conmigo exclamó una frase que verdaderamente resumen una verdad universal: “Es sorprendente cuanta gente ignora que el respeto se gana”.

 

Cuando conocí al animal que me habían descrito en la llamada confirmé mis sospechas: el perro sabía quien era el amo, quien mandaba y quien tomaba las decisiones. Pero el humano no sabía reconducir su energía, darle pautas sencillas, claras y calmadas, y al perro nada le impedía desobedecer, jugar en contra de la voluntad de sus dueños, molestar a las visitas y cualquier cosa que le apeteciera en cada momento. El animal tenía muy clara la jerarquía, pero no tenía porque respetarla.

 

 

Por suerte este caso que utilizo de ejemplo era bastante leve, principalmente porque estas personas buscaron ayuda de educadores caninos profesionales antes de intentar solucionarlo ellos solos y empeorarlo todo más.

El castigo positivo: hacer las cosas por la fuerza

 

Por lo general, ante estas situaciones, lo que tienden a hacer la mayoría de las personas (y que nosotros desaconsejamos con firmeza) es “enseñarle quien manda” a las bravas. Hacerle temer nuestro enfado ante lo que no nos gusta, y que ese miedo le lleve mágicamente a no hacer nunca más lo que no quiero que haga. Es decir, que lo ponemos en su sitio y problema jerárquico resuelto.

 

 

Esto, en la teoría del aprendizaje, se llama Castigo Positivo, y a lo largo de la historia de la convivencia entre perros y humanos ha sido la principal herramienta de “educación canina“. Actualmente, investigadores veterinarios, etólogos y educadores coinciden cada vez más en que esta técnica, incluso aplicada por manos expertas, puede originar nuevos problemas de conducta mucho más graves que los que se trataba de eliminar. Imaginaos entonces cual catastróficos pueden ser los efectos de estos severos “castigos por su bien” en manos inexpertas… Nos encontramos ante la antesala del sufrimiento, el miedo y la ira.

 

 

 

El respeto y el miedo: caminos incompatibles

Confundimos ambos caminos con tanta frecuencia que hemos perdido la perspectiva a ese respecto. Trataré de devolvérosla. Os pido que dejéis de pensar en perros y penséis sólo en humanos, en vosotros mismos. ¿Hay alguien que respete a un jefe tiránico? ¿a una pareja controladora? ¿a un cliente violento? No. Estas personas podrán despertarnos miedo (miedo al despido, a una represalia, a los castigos,…) y ese temor hacer que acatemos unas normas, aunque no las entendamos o compartamos. Pero jamás despertarán respeto.

 

Al jefe tiránico lo insultaremos en cuanto estemos a solas y nos sintamos lejos de su presencia. A la pareja controladora la dejaremos en cuanto tengamos claro que lo es y reunamos el valor necesario. Al cliente violento le cerraremos las puertas de nuestro negocio. ¿Alguien cree que eso es respeto? Nadie. Sin embargo es lo que muchos esperan de sus perros, porque decir “genero respeto” suena mucho mejor que “genero miedo”. Pero es lo mismo. Basta con cambiar la etiqueta al frasco para que el resto de la sociedad acepte de buen grado que maltrato a mi animal.
Hoy en día, el gesto de arrodillarse ante alguien es algo mas que obsoleto, es humillante. En nuestra sociedad democrática, que una persona se arrodille ante otra sería considerado hasta una afrenta a la dignidad, uno de nuestros derechos fundamentales. Sin embargo, el perro tiene que mostrarme sumisión cuando me disgusta. Ha de echarse al suelo rápidamente y sin rechistar, para que yo sienta que mando, que todo sigue un orden correcto, que me respeta¡no te respeta, campeón! Te teme, y huirá de tí en cuanto vea una posibilidad fiable y segura de alejarse sin recibir de nuevo (eso si no decide defenderse).

 

No tratar bien es maltratar

 

A estas alturas todos estaréis horrorizados, imaginando la escena, en la que un propietario castiga con dureza a su perro para obtener que se “comporte como debe”. Estoy seguro que todos compartís mi repulsa a esta forma de educar a un perro ¿verdad? Pero… ¿Y si os dijera que no me refiero solo a aquel que golpea, asfixia con el collar o propina patadas a su perro? También hablo de esas personas que no saben hablar a su perro, sino es chillándole, regañándole, insultándole, chistándole e impidiéndole hacer acción alguna que no sea la de ser una “estatua viviente”. Y ahí, en este grupo, quien más quien menos, entra casi todo el mundo.

Los perros tienen unos sentidos formidables. Son capaces de reconocer el sonido de nuestro coche desde varias manzanas. ¿Creeis que necesitan que gritemos para oirnos? Gritar no aclara nada, solo genera miedo y mayor confusión. Los perros se equivocan, claro está. Eligen caminos que, a nuestros ojos, pueden no ser los adecuados, pero… ¿Creeis que regañarle sin mas, enojados, con urgencia, deja algo mas clara la postura adecuada? Regañar no aclara nada, solo genera miedo y mayor confusión. Ante una situación que al perro le ha costado superar y ha ladrado, gruñido o incluso lanzado una advertencia para alejar a un intruso al que consideraba demasiado próximo para su seguridad (cualquier persona o perro por la calle, por ejemplo)… Necesitaba sentirse a distancia de ese intruso, y ahora lo inmovilizamos junto a él, con gran nerviosismo. ¿Creeis que aferrar fuerte del collar, inmovilizado ante nosotros, con la mirada fija clavada en él y diciendo una y otra vez que ha obrado mal le ayudará a superar mejor la situación la próxima vez? Retener, inmovilizar y reprochar no aclara nada, solo genera miedo y mayor confusión.

 

 

Y ¿Sabéis cuales son las opciones de un animal ante una situación de mucho miedo o mucha confusión? Las respuestas naturales ante un peligro son huir sin control o atacar para expulsar a la amenaza. Justo lo opuesto de lo que queríamos. Pero si una de estas dos situaciones se da por alguna de las circunstancias de las habladas, tened por seguro que sólo habrá un culpable… el humano que ha forzado las cosas hasta tal punto, en vez de prever las situaciones y tomarse el tiempo necesario en habituar poco a poco y gradualmente al perro ante lo que le preocupa. ¿Qué hacemos entonces con ese humano? ¿Le gritamos, le pegamos con la correa y le echamos con fuerza al suelo, inmovilizándolo hasta que “aprenda”? ¿No? ¡Curioso…!

 

 

¿Y qué es educar en el respeto? Esforzarse en conocer cómo aprenden, cómo perciben el mundo y cuales son las respuestas naturales del perro. Intentar entender su lenguaje y asumir que no comparten el nuestro. Comprender antes de exigir. Dedicar tiempo a analizar los problemas, sus causas y sus soluciones, no tan solo a quejarse de ellos y tratar que sea el perro quien “solucione” las cosas por sí solo. Educar en el respeto es prever las situaciones antes de que se den y tomarse la molestia de evaluar si el perro está listo para superar una experiencia concreta en base a las circunstancias en que se dan. Y aceptar que, como en toda evolución, va a haber dificultades, errores y que la solución nunca viene acompañada de furia, gritos ni presión de ningún tipo.

 

 

El caso de Timur, David y el hueso

Como resulta un poco difícil diferenciar ambas cosas, respeto y miedo,  y en E-dog Educación Canina Profesional nos gusta tocaros la fibra sensible (cuando el tema lo permite), acepté la sugerencia del resto de mis compañeros de E-dog y detallaros un poco más la historia de mi compañero Timur. Ilustraros con el ejemplo de mi propio perro y yo.
Nota del educador canino: (Lo que voy a describir fue una actuacion no exenta de riesgos, riesgos asumidos por alguien preparado y experimentado, y que por tanto no debe repetirse ni emularse sin la presencia de un profesional).

 

Cuando adopte a Timur, él ya tenía dos años. Provenía de un albergue de animales, el cual desconocía cómo había sido su vida antes de ser rescatado. Como imaginaréis todos,  como perro adulto e independiente, Timur tenía unos hábitos y comportamientos afianzados. Ya tenía su propio carácter, y yo tuve que ir descubriéndolo poco a poco, al igual que tuvo que hacer él conmigo.

 

 

Un día, llevando ya bastante tiempo juntos, decidí darle una alegría, un premio hecho de cartílago seco bastante grande. Nada mas cogerlo, Timur se metió en su transportín, lo cual en principio no me pareció mal. A fin de cuentas, anteriormente había dedicado tiempo en habituarle a que ese era su “espacio para la tranquilidad”. Pero en cuanto pasé por delante del transportín, Timur gruñó exigiendo distancia entre nosotros, mostrando protección de su “hueso”.

 

Si bien esta conducta es lógica y normal, pues el hueso era suyo, es peligrosa en el mundo humano. En mi casa no vive Timur a solas, habemos mas gente, y es imperativo llevarnos todos bien. No me puse nervioso, no grité asustado o enfadado ni eché a correr; mantuve una absoluta apariencia de calma y tranquilidad, le quité el hueso, esperé unos segundos y se lo volví a dar; otro gruñido y repetí la misma acción. En cuanto obtuve silencio me marché, dejándole comer tranquilo.

 

Sobra decir que esta actuacion no fue perfecta. Hoy en día, con muchos más conocimientos y experiencia, habría actuado de otra forma, aún menos “invasiva” sobre él, pero quería mostraros la diferencia entre lograr el respeto del perro hacia una conducta serena, calmada y segura y el miedo a los gritos, los reproches y las advertencias. Actualmente Timur ha recibido muchos huesos de cartilago mas y no siente la necesitad de esconderse para disfrutarlos. Los pasea por la casa, se los come en el salón, en la terraza, en mi habitación,… donde se siente comodo, porque ya no tiene la necesidad de proteger lo que es suyo de mí, sabe que en mi casa se le respeta mientras él respete a los demás.

 

Si coge algo peligroso puedo abrirle la boca sin problemas ni peligros (es algo que hemos ensayado a través de juegos, sin que él llegase a percibirlo como un ejercicio). Si confunde algún objeto con un juguete puedo hacer que lo suelte sin que él tema nada ni se ponga a la defensiva. Todo ello porque en aquel punto de inflexión no actué mal y reforcé la confianza que tenía en mí, lo cual consiguió inevitablemente reforzar mi confianza en él (la confianza y el respeto son bidireccionales). Timur me respeta, acepta mi guía y mis directrices, y jamás me ha mostrado miedo ni sumisión, ni falta que me hace. Quiero un compañero, no un esclavo.

Esperamos que toda esta información te ayude a disfrutar con tu perro!

E-dog Educadores Caninos Profesionales

¡Pasión por tu perro!

Nos encanta conocer tu opinión. Si este artículo te ha servido o tienes algo que decir al respecto, puedes escribirnos un comentario debajo.

Si su perro tiene algún problema de conducta o necesita adiestramiento puede ponerse en contacto con nosotros pinchando aquí.

E-dog adiestradores caninos en Alicante, Badajoz, CádizCastellón, Córdoba, HuelvaGranada. Sevilla y Zaragoza.

Guardar

Leave a comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *