educar un perro. ¿Cual es la mejor manera? ¿A base de cariño o con voces fuertes y mano dura?

Esta es una cuestión que levanta muchas ampollas entre adiestradores, educadores caninos y propietarios, pues la sensibilidad existente hacia este tema es muy grande.

En un mundo que alberga desde personas capaces de prender fuego a un perro hasta personas que no dejan nunca sólo a su animal en la casa para que no padezcan la soledad, no es sencillo encontrar un modo de actuar capaz de convencer a todos. Es por eso que yo opino que lo más correcto es tratar al perro con el máximo respeto posible, pero exigiendo al perro que trate igualmente al humano. Es educar un perro desde el respeto.

Entendedme bien. A lo largo de mi vida he escuchado argumentos de todo tipo, algunos como: “A mí me encantan los animales, soy el mayor defensor de los animales que existe, pero me ha destrozado las macetas, y si no es porque tiene el chip, lo hubiera llevado ya a la autovía y lo hubiera dejado allí“; o como: “No, si este rottweiller es agresivo con las personas porque le abandonaron, y con los perros porque le mordieron una vez en la perrera, pero él es bueno, y siempre salgo a la calle esperanzado de que hoy ya no agreda a nadie“.

Pues bien, ambos argumentos están totalmente equivocados. Y no porque ninguno de los dos sea del todo correcto éticamente hablando, sino porque ninguno resuelve nada. Ninguna de estas posturas es práctica en absoluto, tan solo exponen el problema, no lo resuelven. Los perros, como buenos descendientes de los lobos que son, tienen la inercia de hacer las cosas porque éstas tienen un resultado previsible.

Educar un perro requiere consistencia de criterios y mucha compresión

Y al igual que ocurre en cualquier tipo de relación entre dos criaturas, ha de haber un acercamiento entre ambas que ayude al entendimiento. Como en toda relación entre dos criaturas, siempre hay una mas capaz y evolucionada que la otra. Y ese es el caso de los humanos. Tenéis eso llamado “raciocinio” o “intelecto”, que os permite entender conceptos abstractos. Los perros carecen de ello. Por lo tanto, y dado que los humanos somos capaces de entenderlos mejor de lo que jamás nos entenderan a nosotros los perros, será nuestra la tarea de rebajarnos a su nivel intelectual y tratar de comunicarnos con ellos en términos que sean capaces de entender y recordar.

Por ello os recomiendo que seáis capaces de tener un gran registro de actitudes y aptitudes. Todo perro quiere ser tratado como un perro, con todo el amor, firmeza, respeto y seguridad que eso conlleva. Cada uno de ellos, no importa la raza, lleva una parte muy importante de lobo en su interior. Desde un dogo hasta un caniche. No son bebés, no son juguetes. No les ayuda a crecer emocionalmente que les justifiquéis de cuanto hacen mal y lo permitáis. Pero tampoco son sacos de boxeo en los que redirigir nuestras propias frustraciones. No comprenden nuestro complejo mundo, lleno de objetos valiosos o conceptos como ayer o mañana. Pensar que a base de presión y dureza van a entender algo es un enorme error.

Nuestro mundo les resulta demasiado complicado

Necesitan ser educados, guiados, enseñados. Una rabieta, con ladridos y lloros histéricos, puede ser sofocada con tan solo arrebatarles el espacio dos o tres veces. La firmeza ha de ser sinónimo de consistencia, de mantener los mismos criterios en el tiempo, en no rendirnos ante los nervios o la frustración, pero no necesita para nada ni gritos, ni tirones de correa, ni castigos ni dolor. Eso no es firmeza, se acerca más al abuso.

Pero tras la firmeza ha de aparecer el cariño. Pues firmeza sin cariño es sinónimo de crueldad, y cariño sin firmeza lo es de inseguridad. En el mundo animal una limitación no dura más allá del mismo momento en que el animal da muestra de entender su error y querer cambiar levemente. Para educar un perro hay que comprender esto. Castigar encerrando una hora a un animal que, tras ser sometido por intentar morder a otra criatura y mostrar los signos y la calma propia de la sumisión, carece de sentido alguno dentro del orden lógico de la naturaleza. Los castigos son acordes al error cometido, y siempre con intenciones didácticas, nunca por el mero hecho de ser superior y tener la razón. Ese tipo de castigo sólo lo ejerce el hombre.

Un ejemplo de cómo educar un perro respetuosamente para no subir a una mesa

Por ello, y sirviendo como ejemplo, si mi perro hubiera estado intentando robar comida de encima de la mesa, habría ido acercándome en silencio hasta él. Despacio, tranquilo, y arrebatándole el espacio en el que estaba situado. Incluso aunque empecinado en la fechoría, hubiera buscado evadirse e intentarlo de nuevo desde otro ángulo de la mesa, el dueño ideal no gritaría ni correría, sino que le robaría el espacio de nuevo, colocándose justo donde estaba, obligándole a moverse. Ahora, el perro, extrañado y molesto, levantaría su mirada, para ver de qué va todo esto. Y tras varios intentos, todos ellos con el mismo resultado, calma y control de los espacios, el perro decidirá que es demasiado aburrido y costoso, abandonando la mesa. Varias experiencias de este tipo le llevarán a pensar que intentar subirse a la mesa no da resultado positivo alguno para él, y abandonará esa conducta.

Y es entonces cuando, el dueño ideal, tras esperar unos instantes inmóvil, premiará con caricias o alguna golosina para perro. De esta manera se consolida el recuerdo de la acción deseada por nosotros. Y a base de repeticiones se instaura en su comportamiento.

Eso es aplicar firmeza y cariño. Consistencia y comprensión. Los grandes griteríos, los encierros, las brutales palizas, las justificaciones o el tirar la toalla… Nada de todo eso sirve de nada. No ayudan a educar un perro, y por lo tanto, no mejoran nuestro mañana.

Esperamos que toda esta información te ayude a disfrutar con tu perro!

E-dog Educadores Caninos Profesionales

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