Troya es una Bull Terrier muy activa que no comprendía a su propietaria

La falta de comprensión mutua pese al gran cariño existente acabó provocando una agresión por desconfianza. Y decidieron pedirnos ayuda.

El día que recibimos la llamada de teléfono en la que nos pedían ayuda con Troya notamos la angustia y la preocupación que tenían sus propietarios con ella y su comportamiento cada vez mas agresivo con ellos.

En nuestra conversación telefónica recabamos la primera información sobre el caso de Troya, que, francamente, sin querer ser pesimistas, pintaba feo. Así que acudimos a Granja de Rocamora, en Alicate, enseguida y preparados mentalmente para encontrarnos a un animal que posiblemente no nos quisiera dentro de su territorio.

Pero lo que encontramos nos sorprendió. Era la versión canina del Dr. Jeckyll y Mr. Hide. O haciendo gala de su nombre, Troya era una guerrera escondida dentro de una perrita dulce. Se trataba de una perra joven, de un añito y poco, pero de una raza muy poderosa, Bull Terrier, en el seno de una familia de pocos miembros a la que quería con locura pero a la que tiranizaba a diario. Nos recibió a lametones y saltos, en contra de lo que esperábamos.

Una Bull Terrier de caracter inestable

El principal problema que mostraba era que desde hacía un par de meses, cuando querían refugiarla en el enorme garaje/taller que tiene la casa, y donde se queda desde siempre cuando la familia ha de ausentarse para trabajar, se lanzaba a morder los pies, no como juego, sino para expulsarles. Troya siempre ha dormido dentro de una jaula, con la portezuela abierta, en el interior de ese amplio garaje.

Pudimos comprobar que tenía muy positivizado la estancia en su interior, pero no permitía que nada ni nadie se acercarse a la jaula. En cuanto escuchaba la portezuela o alguno de sus asas chirriar, se lanzaba hacia ella y atacaba los pies de quien la estuviera manipulando. Sin embargo, fuera del garaje, en el patio, en la calle o incluso dentro de la casa, la perra era muy alegre, cariñosa e incluso obediente.

Le pedimos a la propietaria que nos mostrase cómo hacía ella normalmente para cobijar a la perra en el recinto, y comenzamos a entender lo que ocurría. Para comenzar, no había una solicitud de que entrase en el garaje, sino una serie de órdenes excesivamente enérgicas.

Al tiempo, obstruía la puerta con su propio cuerpo, obligando inconscientemente a la perra a invadir el espacio personal de su propietaria. La perra se tensaba ante la fuerza y la insistencia de su voz, y desde luego, intentaba no traspasar el umbral de la puerta arriesgándose a invadir el espacio vital de su “nerviosa dueña“.

Le recomendamos que no le ordenase nada, que simplemente entrase ella y esperase. Apenas cuatro segundos después, la perra estaba en el interior, sin mordiscos ni enfados. Repetimos aquello media docena de veces, para establecerlo como un juego. ¿El secreto? Guardar silencio, calma y predicar con el ejemplo.

La mayoría de los propietarios están convencidos de que sus perros entienden todo cuanto les dicen, pero lo cierto es que no es así. Lo primero que tienden a interpretar los perros es el lenguaje corporal (en el caso que nos atañe, el de la propietaria en el umbral de la puerta era interpretado como un “aquí no entres”).

Después se centran en el estado anímico (la voz tensa, fuerte y nerviosa le decía a la perra que allí dentro no iba a vivir una “experiencia agradable”, ni mucho menos). Finalmente, y sólo si las dos fases anteriores son superadas positivamente, se centran en responder a esas palabras que, si hemos tenido la gentileza de enseñar previamente mediante muchas experiencias, podrá identificar y cumplir.

Si tenemos a un perro tenso, no es aconsejable hablarle con tonos altos, rudos, imperativos. Sí, muchos perros, ante esta actitud se someten y acaban obedeciendo, pero por miedo, no por comprender lo que se les pide. Además, el riesgo de que la proximidad entre perro y humano nervioso provoque un ataque es mucho mas alta. Daos cuenta de que el perro, bajo un estado de temor, puede interpretar un simple paso hacia él como el inicio de una agresión, y puedo tratar de defenderse. ¿Es esto que el perro es malo? No, significa que ni el perro te entiende ni tú te haces entender

Defendiendo la jaula

Una vez superado el episodio de la puerta, cuando Troya ya entraba tras nosotros sin temor ni duda al garaje, pasamos a la siguiente fase: la jaula. Comprobamos que, efectivamente, la perra ya tenía adquirido un horrible hábito, el de proteger la jaula, estuviese ella a la distancia que estuviese de la misma.

Pero también comprobamos que su jaulón estaba junto al comedero y el bebedero. Era factible que el instinto de proteger el refugio se hubiera visto incrementado con el de proteger también la comida y el agua, recursos que por separado podía ver cómo se los retiraban, pero que todos a la vez le superaban.

Movimos la jaula de sitio (no sin recibir varias agresiones, claro) y la colocamos en el centro del garaje, con varios metros de espacio por todos su derredor. También decidimos utilizar ese objeto, causa de todos los conflictos, como herramienta para neutralizar el ataque.

De este modo, y dado que la jaula tenía un asa superior, cada vez que nos acercábamos a ella y la perra se nos lanzaba, la asíamos y la interponíamos entre el animal y nosotros. Sin voces, sin alarma, sin agresión, simplemente utilizábamos el recurso que ella protegía como nuestra propia protección. Tras repetidos ataques, Troya se fue dando cuenta de que su agresión no solo no tenía efecto, sino que aquello que con tanto ahínco protegía se convertía ahora en nuestra propia protección. Repetimos un buen número de veces.

Cada vez que tocábamos la jaula, ella venía hacia nosotros, quienes interponíamos el objeto entre ella y nuestro cuerpo. Una y otra vez. Hasta que desistió de atacar. No tenía ya sentido, no lograba nada, y nosotros tampoco hacíamos nada para tratar de avivar su nerviosismo, simplemente esperábamos callados.

Y tan pronto dejó de atacar pudimos comenzar a premiar su paciencia: cada ocasión en la que tocábamos la jaula, la abríamos o la movíamos y ella no respondía con agresividad, otro compañero le premiaba con salchicha y pienso semi húmedo. Enseguida comprendió lo que era mas beneficioso para ella, y su carácter volvió a ser jovial y cariñoso.

Tras tan solo tres sesiones, sus propietarios nos dijeron que la perra era otra. Habían mantenido todas las pautas que les habíamos dado: silencio, calma y consistencia cuando comenzaba a ponerse nerviosa (nunca jamás tratar de calmarla a voces), y alegría, ejemplo y felicitaciones cuando necesitaban pedirle que hiciera algo.

Las agresiones desaparecieron a partir del tercer día. Las “discusiones” ya no existían y los propietarios comprobaban que el vínculo entre su Bull terrier y ellos se estaba recuperando y fortaleciendo. Ahora ya sabían como dirigirse a ella, y que la causa de sus nervios las provocaban sus propias actitudes.

 

Esperamos que toda esta información te ayude a disfrutar con tu perro!

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