Consejos para convivir perros y niños

“Se que mi perro es bueno, y que mi hijo le ha hecho daño en las orejas con un juguete, pero le ha gruñido, y eso no me gusta… ¡como se repita, tendrá que irse!”.

No os imagináis el número de ocasiones en las que escuchamos cosas como esta. Y nos vemos en la necesidad de decir que este argumento es, cuando menos, injusto.

No creo que haya un solo propietario de perro que considere que su peludo amigo pueda representar un problema con sus futuros hijos. Nadie podría pensar que esa cariñosa bola de pelo pudiera hacerle mal alguno a nadie, ¿Verdad?

Pero os sorprendería de cuantas personas se desprenden (o peor aún, confinan a la soledad en un garaje o en una galería) de sus perros, porque tras nacer su bebé, o en los primeros años de sus vidas, han mostrado actitudes que les han resultado agresivas o al menos molestas.

Sin embargo, a menudo no son agresiones, sino intentos de comunicar el malestar que les estamos causando, para que les pongamos solución.

Desde E-dog Adiestradores Caninos planteamos una pregunta: ¿Son en verdad comportamientos agresivos, o son meras autodefensas? Desde luego, nadie quiere ningún tipo de mal a los niños, pero en muchas ocasiones, los adultos olvidamos que los perros no piensan como nosotros y que la seguridad de perros y niños recae sobre nuestros hombros… ¡SIEMPRE!

Sí, lo se… Nuestro perrete jamás había tenido ninguna mala respuesta, pero es que no hemos de olvidar que con la llegada del niño, ¡TODO HA CAMBIADO!  Antes éramos un número X de miembros de la manada, ahora somos X mas uno. Antes había mucho mas tiempo de ocio en los humanos adultos, que se traducía en mas juegos, mas atenciones y mas dedicación. Tras la llegada del bebé, y por motivos obvios, eso ha cambiado.

Antes había unos horarios, se descansaba más y mejor… Ahora se rompe el sueño cada pocas horas, hay llantos y muchos más nervios. ¿Visualizáis las escenas? La llegada de un bebé nos cambia la vida a los humanos, criaturas racionales que han decidido que esto suceda… ¿Cómo no les va a cambiar también la vida a los perros, que no estaban sobre aviso de lo que estaba por llegar? 

Cuando un perro está inseguro, se ve sometido al estrés o siente dolor, tiende a comunicárnoslo gestualmente. Su “vocabulario” gestual es muy variado y rico, pero no suele ser reconocido por los propietarios, que lo ignoran y no ponen soluciones a tiempo. Esto suele llevar al perro a tratar de hacerse comprender subiendo el “tono de sus gestos”.

De los primeros signos de estrés (relamido nervioso, parpadeo, retirada constante de la cara y la mirada o bostezos) suelen seguir intentos de evadirse (apartarse de la fuente de estrés, esconderse o rascarse con insistencia), pero de seguir no siendo respetado su espacio, cabe la posibilidad que asciendan a tercer peldaño de esta escalera, la amenaza (elevar los belfos, gruñir o incluso ladrar).

Por lo general, esto sirve para disuadir a la mayoría de los humanos, pero de seguir insistiendo en no dar espacio y tiempo a nuestro perro, le preocuparemos tanto que le llevaremos al cuarto y último peldaño: la agresión, primero a través de mordiscos al aire. Si continua nuestra presión, lanzará un doloroso mordisco de advertencia, y si aún no cesamos, acabará mordiendo repetidas veces y con mucha fuerza. Este momento es doblemente grave, porque al igual que nosotros, el perro estará asustado, ya que él no deseaba tal desenlace, y un perro asustado es imprevisible.

Puede que no cese hasta que no nos movamos ni emitamos sonido alguno. Por eso hay que conocer su lenguaje y responder adecuadamente cuando percibimos sus mensajes. Y dado que los bebés y los niños pequeños no conocen el lenguaje corporal de su perro, debemos estar siempre presentes y atentos en sus interactuaciones, para regular el contacto.

Claro, por descontado que hay perros que aceptan a los niños sin más, desde el primer momento, no es nada extraño. Hay perros pacientes, perros que no se alteran prácticamente por nada, perros que no muestran signos de estar afectados. Pero, desgraciadamente, no son mayoría.

A un lado u otro del espectro emocional, desde los celosos hasta las ultracariñosos, lo normal es que se vean afectados, que se sobrexciten a la hora de jugar o que, al contrario, se estresen con tanto movimiento y cambio.

Y es normal… la mayoría de ellos tan solo necesitará algún tiempo para asumir los cambios en la rutina, en la estructura familiar, en los horarios y hábitos. Pero los hay que son mucho menos impermeables al estrés que estos cambios originan. Sirvan estos consejos para ayudar a esos perros y a sus familias humanas.

Parte primera: Durante el embarazo

Muchos perros son capaces de percibir que dentro del vientre de su propietaria ha surgido una nueva vida. ¿A qué es debido? No tengo una respuesta científica. Muchos lo llaman sexto sentido, sensibilidad… Yo creo que se trata de que, llegado a cierto momento de la gestación, comienzan a percibir una nueva y tenue fuente de calor, el sonido de un segundo corazón bombeando, los movimientos del feto dentro del vientre materno…

Sea como sea, son muy numerosas las anécdotas de las sorprendentes actitudes y muestras de interés o afecto de los perros antes del alumbramiento de sus dueñas. Como sea, es muy aconsejable dejar que el perro esté próximo a la embarazada, pero sin que esta le aplique mas mimos de los habituales (ni menos).

Pero nosotros nos vamos a ceñir a dar pautas de qué hacer para facilitar el que asuman gran parte, sino todos, de los cambios que han de sobrevenir durante el embarazo o los días previas al parto.

Permitir al perro acceder a la que será la estancia del niño (un par de semanas antes del parto)

Muchos futuros padres se obsesionan con evitar que no haya pelo o contacto alguno del perro con las cosas del bebé que ha de llegar, para minimizar la presencia de gérmenes, y esto puede llegar a convertirse en el caldo de cultivo de un gran problema.

Si regañamos al animal cuando trata de acercarse a la estancia, comenzaremos un proceso de negativización que no va a ayudar a que mas tarde se adapte a la presencia del ocupante de ese lugar, es posible que en unas semanas extrapole la negatividad de la estancia a su residente.

Hemos de asumir que allí donde resida un perro nos encontraremos pelo, es inevitable aunque queramos. Y que no debemos perder el norte en una batalla perdida de antemano. Da igual cuantas veces limpiemos al día, su pelo se desprende a cada paso que dan. Es un mal que toda persona que ame a los animales domésticos debería tener asumido antes siquiera de adquirirlo.

Por tanto, y dado que el pelo va a penetrar en esa estancia sí o sí, lo ideal es que semanas antes del nacimiento del niño ya permitamos a nuestro perro acceder al dormitorio del bebé, para que vaya reconociendo los objetos y olores que van a ser cotidianos a partir de entonces.

¡Ojo! dejar oler y reconocer no es lo mismo que entregar para que juegue. Si ahora le damos o permitimos que coja los juguetes del niño, le resultará mucho mas difícil comprender mas adelante que no son para él, y cuando lo vea en manos del niño puede surgir un problema de competencia.

Hemos de tener en cuenta que los juguetes de niño y los de perro son cada vez mas similares (sobre todo peluches y pelotas). Cualquier cosa que no queramos que coja deberá estar fuera de su alcance, y se la aproximaremos nosotros de forma disimulada, como si la lleváramos en brazos, para que tenga oportunidad de verla y olerla, pero sin aferrarla.

Durante la presentación de la estancia y los objetos deberíamos permanecer calmados y callados, o como mucho, hablar en tono bajo. No conviene transmitir nervios o la idea de que ese va a ser su lugar para jugar. Está “visitando” la nueva estancia, no tomando posesión de cuanto hay en ella.  Pensad que sólo hay una única oportunidad de tener una primera impresión de cada experiencia, y que si logramos que ésta se desarrolle como nosotros deseamos, minimizaremos las probabilidades de tener que corregir comportamientos en el futuro.

Si cometemos algún fallo en el proceso y el perro captura algún objeto, no le reprocharemos, gritaremos ni trataremos de arrebatárselo (podría o asustarse o tomárselo como un juego, y ninguna de las opciones debería ser la deseada por nosotros), sino que debemos salir de la estancia a otra (salón o cocina), y sin hablarle, comenzar a jugar y reír nosotros mismos con algún objeto que sí pueda manipular él.

Si no tratamos de darle el cambiazo de forma evidente, sino que simulamos que estamos fascinados en nuestro juego privado, no tardará nada en soltar lo que había cogido y acudir a ver si se puede unir a nuestro juego. Será entonces cuando le entreguemos el objeto que estamos manipulando, y con calma, retiraremos el que había soltado.

Le expondremos a la presencia de la cuna, el maxi cosi o los enseres de descanso portátiles del bebé (desde un par de semanas antes del parto)

Además de continuar con la tarea de conocer y reconocer los objetos que van a ser empleados por el niño desde el mismo instante de su llegada a casa, pretendemos que acabe habituándose a ellos y llegue a dormirse en su presencia, sin sentirse alarmado.

Para ello deberá estar expuesto a la visión de estos objetos durante mucho rato. No tratamos de forzar al perro al descanso (no se trata de darle órdenes para que se tumbe o se quede quieto), sino darle la opción de descubrir que puede relajarse libremente y con toda tranquilidad, si lo desea, pese a la presencia de esos voluminosos objetos.

Si se acerca con intención de abordar o mordisquear el objeto, no regañaremos, sino que utilizaremos la técnica de alejarnos y atraer su atención con nuestros juegos. El perro ha de quedar convencido de que nada malo pasa nunca alrededor de los objetos del bebé. En caso de actitud no deseada, nos alejaremos del objeto sin llamarle, y el perro, a todas luces, nos acompañará.

Este ejercicio es importante, porque tanto el objeto como el bebé suscitarán su curiosidad por separado, y es mejor que esté familiarizado ya con el primero antes de la llegada del segundo. I

maginaos que, motivado por la curiosidad tan grande por un enorme objeto nuevo (que además muchas veces transportamos elevado, con lo mucho que eso suele atraer su atención…) y por su “extraño” contenido, se eleva sobre sus patas traseras y sube a investigarlo… Podría hacer caer al niño, y ahí sí que perderíamos toda calma…

Presentándolos por separado y logrando que la cuna o el canasto sea algo ya habitual para el perro, conseguiremos que su curiosidad sea mucho menor cuando llegué el nuevo miembro de la familia.

Practicaremos el paseo con el carrito o el cochecito del bebé (una semana antes del parto)

Ahora que ya no le resulta extraño verlo, podremos comenzar a practicar el que paseen juntos, perro y cochecito. Aunque tengamos pensado no sacarles habitualmente a la vez, es positivo que lo pongamos en práctica, porque nunca sabemos cuando puede surgir la necesidad, y el perro debería saber caminar junto a éste sin tirar.

No obstante, nuestra recomendación es que, siempre que se pueda, se pasee al perro junto al niño. Fortalece los vínculos del grupo y ahorra tiempo y esfuerzos al humano adulto. No son pocos los perros que ven su tiempo de paseo disminuido a la mínima expresión porque sus propietarios emplean casi todo el tiempo que antes invertían en pasearles a ellos en hacerlo con el bebé, y esto, a medio plazo, genera otros muchos problemas de comportamiento, saludo o convivencia.

Desde luego, el aprendizaje será más fácil, liviano y llevadero si lo practicamos antes de que haya un bebé de verdad a bordo. El perro no ha nacido sabiendo cómo comportarse junto a un humano, sino que hay que enseñarle, y el no tener la presión de que pueda lastimar a nuestro hijo hará que las primeras sesiones, las más cruciales, sean mas relajadas y menos tensas por nuestra parte.

No olvidemos que estos ensayos van a comenzar siendo un desastre, ya que posiblemente hasta se asuste de tener un transporte con ruedas a su lado, pero tendréis que permanecer en un estado de ánimo neutro: ni nos enfadaremos por sus errores ni sucumbiremos a mimarle si vemos que se asusta.

Si nosotros no añadimos nuestras emociones a una nueva experiencia, posiblemente se regule por sí misma, tras unas cuantas repeticiones. Tenemos que tratar de lograr concatenar muchos pequeños éxitos, mas que un único gran logro, porque los perros aprenden por experimentación.

La primera vez que le hagamos caminar junto al vehículo, lo haremos tan solo por un minuto o dos, y después le separaremos del mismo, dejándole olfatear a su gusto y relajarse por otros tres o cuatro minutos, para retomar de nuevo la tarea otro par de minutos. Poco a poco, conforme se vaya relajando y caminando mejor junto al cochecito, iremos ampliando el tiempo de paseo juntos.

De este modo, cuando el bebé ocupe su lugar en el cochecito, nuestro perro ya estará habituado a pasear junto a él, sin arriesgar su seguridad.

Le expondremos a los ropajes y los productos diarios del bebe (cuatro o cinco días antes de la llegada del bebé)

Una vez habituado a los objetos cotidianos, llega el momento de hacerlo con los olores que van a acompañar al bebé mas íntimamente.

Desde luego, y dado el excepcional olfato de los perros, no hablamos de aplicar ningún producto sobre la trufa del perro, sino de dejar los pañales limpios, la ropita y sus mantitas al alcance del olfato del perro, así como de aplicar los jabones, el talco y las cremitas sobre algún paño que, de manera indirecta y fuera de su alcance, comience a impregnar la estancia de todos esos aromas. Como veis, tratamos de que el momento de la presentación del niño represente cuanta menos novedades mejor.

Este ejercicio deberíamos realizarlo cinco o seis minutos a diario durante los cuatro o cinco días antes de la llegada a la casa del bebé.

Otros articulos relacionados:

Perros y niños (parte 2): Tras el parto y la llegada a casa

Perros y niños (parte 3): Integrar a un nuevo perro con niños

 

Esperamos que toda esta información te ayude a disfrutar con tu perro!

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