Es muy frecuente ver hostilidad entre perros y el cartero que nos trae la correspondencia. Muchos perros les ladran al sentirlos aparecer.

¿Os habéis preguntado de donde puede proceder ese mito del odio entre perros y el cartero? ¿Es leyenda o realidad?

Pues no es que yo tenga la respuesta definitiva, pues jamás me ha dado por ladrar al cartero, pero os traigo una teoría respecto a la mala relación existente entre perros y el cartero. ¿Porque ladran? Porque los sujetos víctimas de los ladridos se marchan acto seguido. Sí, así de simple. Acción-reacción repetida diariamente, fortalecen la mala conducta.

Pero lo explicaré. Imaginaos a un perro en la puerta de su jardín, en una urbanización, por ejemplo. De pronto, el cartero toca los timbres del interfono para que alguien le abra y así poder dejar el correo en los buzones. Nuestro amigo perruno, al sonido del timbre, comienza a ladrar, casi como poseído, porque un intruso se está acercando a su territorio. Ladra, ladra y ladra. Y el cartero, ajeno a esto y atosigado por cumplir con su ruta de entrega, acaba de dejar las cartas y regresa por donde ha venido. El mensaje para el perro es muy claro: “He expulsado al intruso. Soy el mejor en mi trabajo”.

“Al cartero siempre se le ladra dos veces”

Esto es aplicable no sólo a carteros, mensajeros o vendedores a domicilio. Hay perros que ladran a todo aquel que pasa por la calle al otro lado de su muro o seto. O incluso a otros animales. Es lo que se llama “efecto vallado”. Los humanos simplemente pasean, ajenos al perro que aguarda en su jardín, pero éste no deja de sentir como se acercan y, tras ladrarles con insistencia, los intrusos se alejan por el lado opuesto…

¿Vais entendiendo? Lo que en una primera ocasión es tan solo un hecho sin importancia, con la repetición va cobrando solidez. La reiteración en el tiempo de un mismo resultado graba a fuego en la cabeza del perro que es él quien hace que la gente y los otros perros se alejen. Y descubren que hay algo que hacen bien… expulsar a gente, aunque ésta se fuese en realidad por voluntad propia.

En el caso de los carteros, empleados encargados de la lectura del gas, la luz o el agua, o los del servicio de basuras es aún más exagerado, porque estas personas suelen tener unas rutas recurrentes, muy rutinarias. Esto que causa que el perro llegue a aprenderse el olor de “ese intruso cobarde que intenta traspasar mi territorio un día tras otro”, y se establezca una competición mayor que con cualquier otro viandante.

Extinción de la conducta.

Una de las formas de corregir esta conducta es por “extinción”. El dueño pide a la “víctima” de los ladridos que se quede quieta, de pie, allá donde sea factible que el perro sienta sus presencias (pero de forma segura para todos). Si la persona objetivo de los ladridos tiene el tiempo, la paciencia y la amabilidad suficiente, podremos permanecer junto a él hablando tranquilos. Todos los participantes deberán mostrarse calmados, sin nerviosismo incluso pese a los ladridos de advertencia del perro. Si nadie reacciona tal y como el perro espera que suceda, acabará por frustrarse y será él, por primera vez, quien se aleje. Será inmediatamente entonces cuando el extraaño se marche, y nosotros premiaremos también inmediatamente al perro por la conclusión que ha tomado. Experimentar esta indiferencia cierto número de veces puede ayudar a que el perro abandone el hábito de ladrar a desconocidos. ¿El motivo? Por que todas las conductas que muestra un perro se fortalecen o debilitan si éste comprueba si le son o no efectivas.

Este consejo, claro está, es aplicable siempre y cuando las medidas de seguridad lo permitan y el animal no haya sido adiestrado para guarda, es decir, cuando no haya peligro de que el animal abandone su territorio para acudir a “dejar más claras” sus peticiones de que nos vayamos. Hablamos de perros domésticos, no importa la raza, que de pronto y de forma gradual, se hacen cada vez más ladradores ante la presencia de extraños..

Esperamos que toda esta información te ayude a disfrutar con tu perro!

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