Más consejos para convivir perros y niños

Una vez llegado el momento mas feliz para cualquier padre o madre, el nacimiento de su hijo, toca introducirlo adecuadamente en el hogar en el que habitan perros.

Siguiendo unos pocos pasos evitaremos cualquier problema, estableciendo las bases del comportamiento del perro frente al bebé.

Muchas personas consideran innecesario este hecho, dan por sentado que el perro, como especie servidora del hombre, se ha de adaptar sin más. El problema es que la realidad es ineludible y las cosas no son como imaginamos, sino como las hacemos. Somos los causantes de la mayor parte de las situaciones que nos preocupan.

Es preciso que tengamos todas las situaciones bajo control pero de la forma mas natural y neutra posible, evitando así la aparición de recelos, competiciones o actitudes de rechazo hacia el bebé. Muchos perros aceptan de buen grado la llegada del bebé, pero otros muchos necesitan algo de ayuda y guía para gestionar semejante alteración de lo cotidiano (y no es preciso que hayan mostrado actitudes preocupantes anteriormente).

Mantener una actitud serena en todo momento, evitar las sobreprotecciones o los estallidos de alarma, intentar no cambiar nuestra forma de relacionarnos con el perro y esforzarnos por crear lazos comunes, en lugar de elevar barreras entre ellos, ayudará a que todo suceda tal y como deseamos.

El aroma del recién llegado (tan pronto sea posible, tras el nacimiento del bebé)

Cuando nazca vuestro hijo, en los días previos a su introducción en el hogar), solicitaremos en el hospital que nos hagan entrega de las gasas, paños, toallas o cualquier otro tejido que haya tenido contacto con el niño. Dejaremos la prenda al alcance del perro, pero sin tratar de llamar su atención directa sobre él. Lo que se pretende es que el perro pueda comenzar a percibir y habituarse al olor del bebé, para que no le resulte un aroma extraño e invasor cuando lo traigamos finalmente a casa.

Cuando olfatee la prenda, esperaremos a que él solo desvié la atención y le felicitaremos justo en ese momento, bien con palabras cálidas o con una golosina.

Repetiremos esa felicitación o premio cada vez que repita la acción: olfatear y desviar después la atención. De esta manera mostraremos a nuestro peludo amigo que no nos molesta que investigue el aroma, pero que nos encanta cuando lo abandona y se retira. Es sentar la base de una presentación adecuada.

Introduciendo al niño en casa

Llegado el momento e introducir al bebé, trataremos de hacerlo acompañados por otra persona (habitualmente se realiza entre el padre y la madre, pero puede ayudarnos cualquier otro familiar o amigo). ¿Quien ha de portar al niño? Solemos aconsejar que lo haga el padre o algún familiar, y no la madre.

Por dos causas: la primera es que la madre, después de los rigores y esfuerzos del parto, probablemente arrastre cansancio, mientras que quien no haya pasado por ese trance tendrá mas aguante y fuerzas.

La segunda, es que, presumiblemente, el perro habrá estado mas tiempo sin ver a la madre (ingresada) que al padre (quien sí tiene opción de pasar por casa a pasearle, atenderle, o simplemente a asearse y recoger enseres para el bebé), y su emotividad para con ella será también mayor.

Es una buena precaución el que este caluroso reencuentro tenga lugar sin llevar el bebé en brazos, evitándole posibles daños accidentales.

Pese a las muchas ganas que tengamos de lanzarnos a los brazos de nuestro peludo, es necesario no dar rienda suelta a la emotividad. Estoy seguro al 100% de que el perro se excitará por la llegada de su familia, saltando, removiéndose, empujando, entrando y saliendo. Los humanos hemos de calmar el ambiente.

Hemos de entrar en casa, saludarle con un tibio “hola”, evitando evitar el contacto visual o físico, en definitiva, tratando de ser lo más neutros posible. Si mantenemos esa templanza, el perro tardará pocos instantes en bajar su excitación. Recordemos que tenemos a un frágil y tierno bebé en brazos, y no queremos ni correr riesgos ni crear una mala primera impresión de él en nuestro perro.

Para ello, la excitación debe estar al mínimo, pero de nada sirve pedirle que se calme o que se esté quieto. De seguro, estará emocionado por veros, y no debemos reprenderle por ello. Tan solo darle ejemplo del estado anímico en el que queremos estar, calmados, serenos, tranquilos. Repito: NO TRATEMOS DE IMPONER LA CALMA, PORQUE LOGRAREMOS MAS EXCITACIÓN O MIEDO. MEJOR CONTAGIEMOS CALMA, MOSTRÁNDOLA EN NOSOTROS MISMOS. No hablaremos al perro, salvo en susurros, y siempre y cuando no comprobemos que nuestros susurros elevan su excitación. No le miraremos ni tocaremos, pero tampoco regañaremos ni limitaremos, buscamos la mayor neutralidad, el equilibrio.

La primera persona que entré será quien asuma la mayor parte de la energía del saludo, quien sufra los mayores empujones y arrumacos. Quien introduzca al niño en casa deberá penetrar en la misma en segundo lugar, llevando el capazo con el bebé en brazos, pegado a su pecho. El capazo evitará cualquier golpe accidental motivado por la alegría del reencuentro. Entraremos en la estancia principal de la vivienda, y permaneceremos con el capazo en brazos.

La persona que no lleve al bebé será la encargada de supervisar, motivar y felicitar al perro cada vez que olfatee cerca del niño y retire luego la cara. Nos moveremos despacio por esa estancia durante unos minutos, hasta que veamos que el perro ya nos ignora, tanto a nosotros como al capazo con el niño. En todo este tiempo no debería haber ni un solo reproche al perro. Si hace algo indebido, le ofreceremos una actividad alternativa menos molesta, como acompañarnos por la casa.

Una vez le veamos calmado, llega el momento para comenzar a sentarnos.. Elegiremos una silla o un sillón alto, y nos sentaremos en él con el capazo en nuestro regazo. Una vez mas, no impediremos que lo olfatee si viene con calma. Si viniera excitado, tan solo nos pondremos de pie, con nuestro capazo en brazos, sin regañar ni hablar.

Abroncarle ahora sólo serviría para retrasar la calma. Aunque tengamos que sentarnos y levantarnos un montón de veces, no debemos perder la paciencia, por el bien del niño y del perro. Tras unos cuantos intentos, se dará cuenta de que cada vez que acude con ímpetu anulamos el contacto, y comenzará a buscar formas alternativas de conocer lo que hay dentro del capazo.

Cuando venga con calma y naturalidad, le dejaremos que olfatee (preferiblemente los pies. La cara y las manos son mas delicadas y ofrecen una mayor cantidad de movimientos, que pueden llamar mucho la atención del animal) y cuando se retire, tal y como hicimos antes, le felicitaremos y premiaremos. Dejad que esta experiencia dure un rato, diez o doce minutos, antes de ofrecerle un contacto mas directo.

El  contacto directo. Perded el pánico a los gérmenes.

Cuando ya no muestre atención, sacaremos al bebé del capazo y lo tendremos en brazos. Es importante que antes de llegado este punto tengamos asumidas dos cosas:

A) Ese niño va a vivir junto a un perro, así que no tiene sentido alguno que nos obsesionemos con la saliva o el pelo. Si tenemos a nuestro animal con la vacunación y la desparasitación al día no tenemos de qué preocuparnos (y si no lo tenemos, es la ocasión perfecta para hacerlo).

No hablamos de dejar que el perro “bañe” al niño a lametones pero tampoco de alarmarnos porque acerque su cara al bebé ni porque le lama las manos un instante. Son signos de aceptación, no debemos contestarles con enfado, o estropearemos la relación entre ambos, algo que puede convertirse en algo muy peligroso.

B) Elevar en brazos al niño y esconderlo de la vista del perro puede ser interpretado como un juego y despertar un comportamiento de captura. Seguro que habréis podido observar en la calle lo que ocurre cuando alguien coge a un perro pequeño y lo levanta en brazos delante de otro perro. El del suelo incrementa su interés, elevando los riesgos. Así que hemos de tener mucho cuidado de no provocar dicha respuesta.

Aclarado esto, llega el momento de que entablen contacto directo. Sentados, con el bebé en nuestro regazo, y con el perro en aparente calma, le hablaremos suavemente para que se nos aproxime (no insistiremos incesantemente, se trata de invitar, no de incordiar). Cuando venga, le felicitaremos en susurros.

Dejaremos, siempre que el movimiento del perro sea natural y tranquilo, que olfatee y reconozca al niño, permitiendo incluso que le lama levemente, si así suceden las cosas. Este primer contacto ha de ser tranquilo y breve, y tan pronto como el perro retire la atención por unos instantes, nos levantaremos, llevándonos al bebé y dando por finalizada la presentación.

No lo alargaremos para evitar que nada pueda estropear esta buena sensación conseguida. Lo que sí podremos hacer, es repetir esta presentación, con los mismos pasos, dos o tres veces a lo largo de los primeros dos días, afianzando la relación entre el pequeño y el perro.

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